Texas se prepara para convertirse en un referente mundial en investigación con psicodélicos, tras aprobar una inversión estatal de $50 millones destinada al desarrollo clínico de la ibogaína, un alcaloide derivado de una planta africana utilizado en tratamientos de adicción y traumas cerebrales.
Este miércoles, el gobernador Greg Abbott firmará el Senate Bill 2308, que autoriza la creación de un consorcio integrado por universidades, hospitales y empresas farmacéuticas para llevar a cabo ensayos clínicos con miras a lograr la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA). El proyecto busca posicionar a Texas a la vanguardia de esta línea terapéutica emergente.
La iniciativa fue impulsada en gran medida por el exgobernador Rick Perry, quien ha abrazado públicamente la investigación con psicodélicos tras conocer de cerca casos de veteranos con lesiones cerebrales y trastorno por estrés postraumático. “Ninguno de estos avances habría sido posible sin Perry”, afirmó Bryan Hubbard, director de la American Ibogaine Initiative.
La legislación asegura que Texas retenga al menos el 20% de las ganancias de cualquier fármaco aprobado derivado de estas investigaciones. Además, una cuarta parte de esos ingresos se destinará a un fondo para veteranos estatales.
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Ibogaína es una sustancia ilegal en Estados Unidos, aunque su uso con fines terapéuticos ha sido explorado en clínicas de México. Personas como Chase Rowan, exsoldado de élite, han reportado mejoras notables tras su uso. “Sentí que me quitaban un peso de encima”, relató tras su experiencia en 2022, cuando viajó a México para recibir el tratamiento.
Un estudio realizado por Stanford Medicine en 2024 concluyó que la ibogaína, combinada con magnesio, reduce eficazmente síntomas de PTSD, ansiedad y depresión en veteranos con daño cerebral.
Sin embargo, expertos advierten sobre sus riesgos. Katharine Neill Harris, del Baker Institute de la Rice University, indicó que es “uno de los psicodélicos más complejos de administrar”, debido a potenciales efectos adversos cardíacos. Esto encarece tanto su estudio como su eventual aplicación clínica.
Hubbard precisó que la ibogaína “no tiene valor en el mercado recreativo” debido a su efecto paralizante y la ausencia de un “subidón placentero”, lo que reduce el riesgo de abuso.
Desde su paso por el Department of Energy durante el mandato de Trump, Perry ha promovido activamente la investigación de psicodélicos. Su interés comenzó en 2006, cuando el veterano Marcus Luttrell le compartió su experiencia con ibogaína. “Al principio fui escéptico, pero los datos eran irrefutables”, dijo Perry, quien ahora busca expandir programas similares a países como Israel y Ucrania.
Aunque los ensayos clínicos aún están a varios años de distancia, Hubbard se mostró optimista de que la FDA otorgue a la ibogaína una Breakthrough Therapy Designation, lo que aceleraría el proceso regulatorio.
“Si Texas logra desarrollar un plan de tratamiento con ibogaína, podría ser uno de los logros médicos más significativos del siglo”, concluyó Hubbard.