Un equipo de investigadores de la Universidad de Virginia ha identificado una prometedora vía terapéutica para el Alzheimer al inhibir una molécula clave en el desarrollo de la enfermedad, según se anunció este martes 3 de junio.
El estudio, liderado por el profesor de neurociencia John Lukens, reveló que la eliminación genética de la molécula STING en ratones detuvo la pérdida de memoria y otros signos de deterioro cognitivo. La molécula está implicada en la formación de placas amiloides y ovillos de tau, elementos distintivos del Alzheimer.
“Cuando se elimina STING genéticamente, se reduce la neuroinflamación, el beta amiloide, y se mejora la función cognitiva y la salud neuronal”, explicó Lukens, quien también dirige el Harrison Family Translational Research Center en Alzheimer’s and Neurodegenerative Diseases.
Actualmente, más de 7 millones de estadounidenses viven con Alzheimer, y se proyecta que esta cifra aumente a cerca de 13 millones para el año 2050. Aunque existen medicamentos que intentan reducir las placas amiloides en etapas tempranas de la enfermedad, los resultados han sido limitados.
La molécula STING actúa como un mecanismo de defensa inmunológica. “En términos evolutivos, STING ha existido como una respuesta al ataque de patógenos”, indicó Lukens. Sin embargo, advirtió que su activación descontrolada puede provocar inflamación cerebral, una característica común del Alzheimer y otros trastornos neurodegenerativos.
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El hallazgo cobra relevancia dado que la industria farmacéutica ya ha desarrollado inhibidores de STING para tratar enfermedades fuera del cerebro. Esto podría acelerar el desarrollo de tratamientos enfocados en el sistema nervioso.
“El objetivo es apuntar a esa respuesta inmunológica disfuncional que creemos impulsa el deterioro cognitivo”, dijo Lukens. Estudios complementarios en condiciones como ELA, Parkinson, traumatismos cerebrales y otros trastornos también están en curso.
Aunque bloquear STING podría aumentar el riesgo de infecciones o incluso cáncer, los investigadores consideran que los beneficios podrían superar los posibles efectos secundarios, especialmente en fases avanzadas de la enfermedad.
El próximo paso será probar distintos inhibidores de STING en modelos animales, evaluando su seguridad y eficacia. Si los resultados son favorables, los ensayos clínicos en humanos podrían iniciarse en un futuro cercano.
“Si todo va bien, podríamos estar hablando de nuevas terapias disponibles en menos de una década”, concluyó Lukens.


































