Estados Unidos confirmó su decisión de retirarse formalmente de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) a partir del 31 de diciembre de 2026. El anuncio, emitido por el Departamento de Estado, reitera la postura histórica de Washington sobre lo que considera un sesgo político en la institución y una gestión poco transparente. Esta será la tercera vez en su historia que EE.UU. abandona la Unesco, tras sendas salidas en 1984 y 2017, ambas seguidas de retornos posteriores.
La justificación oficial del gobierno estadounidense incluye críticas al enfoque de la Unesco en temas relacionados con Oriente Medio, especialmente decisiones que consideran perjudiciales para Israel. Además, argumentan una necesidad de revisar su participación en organismos multilaterales que, según señalan, no reflejan sus intereses nacionales ni promueven reformas efectivas. Aunque mantendrá cierta cooperación técnica en proyectos puntuales, EE.UU. dejará de ser miembro pleno y cesará su contribución financiera regular.
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Este retiro genera preocupación entre muchos países miembros, que temen un impacto negativo en programas clave de alfabetización, preservación del patrimonio mundial y fomento de la libertad de prensa. Expertos advierten que la ausencia de uno de los principales contribuyentes históricos podría debilitar la capacidad operativa de la agencia de la ONU, especialmente en regiones en desarrollo. La Unesco, por su parte, expresó “profundo pesar” por la decisión, pero reafirmó su compromiso con la cooperación global.
La medida llega en un contexto de creciente tensión geopolítica y replanteamiento del multilateralismo. Mientras algunos aliados expresan desacuerdo, otros observan con atención si esta decisión impulsa o entorpece futuras reformas dentro del organismo. Para América Latina, el impacto podría notarse en proyectos educativos y culturales financiados con apoyo estadounidense.