Una familia de San Angelo le debe la vida a un poste metálico que se convirtió en su salvavidas durante la destructiva inundación del 4 de julio. Aunque lo perdieron todo, hoy celebran estar juntos y a salvo.
“Perdimos muchísimo”, dijo John Ramirez, padre de familia. “Pero volvería a perderlo todo, porque tenemos nuestras vidas, porque mi hijo todavía está aquí. Eso era lo único que no quería que se fuera. Estaba dispuesto a quedarme aquí por horas mientras mi hijo estuviera fuera de esta maldita agua”.
Ramirez describió el terror que sintió durante la inundación. En la oscuridad de la madrugada y tropezando con escombros, se aferró a un poste mientras sostenía a su hijo sobre sus hombros para evitar ser arrastrados por la corriente. “Sentí demasiada fuerza y un montón de cosas volaban hacia nosotros… vi pasar una lavadora o secadora”, relató.
Mientras John y su hijo luchaban por su vida, aguas abajo, su abuela, Maria Lopez, temía ser arrastrada por la corriente dentro de su propia casa. Su hija, Dora Rodriguez, ayudó a traducir su desgarradora experiencia.
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“Los muebles la golpeaban”, contó Dora. “Tiene moretones por todo el cuerpo. Le duele. Estuvo bajo el agua durante tres horas. Dijo que cuando mi hijo mayor la despertó, el agua ya le llegaba a las pantorrillas”.
Para Ramirez, la devastación es aún más dolorosa porque ocurrió en el lugar que consideraba su refugio. “Este es el lugar de mi infancia. Crecí aquí… siempre jugamos en esa agua. Siempre veníamos aquí para refugiarnos de tornados o tormentas. Nunca pensé que algo así sucedería”, confesó.
La abuela, Maria Lopez, ahora se enfrenta a una pérdida total. “Dijo que se siente vacía y sola porque se quedó sin nada. Solo con lo que tenía puesto esa noche y un zapato”, explicó su hija.
A pesar de que sus pertenencias están esparcidas y su hogar en ruinas, la familia se aferra a lo más valioso: están todos a salvo.