Mientras las calles de Reynosa se llenaban de compradores de último minuto y decoraciones festivas, un grupo de madres y familiares se concentró en la Plaza Benito Juárez para iniciar una marcha pacífica. Con mantas y fotografías que mostraban rostros de jóvenes y adultos desaparecidos —algunos con casos que datan de hace varios años y otros de apenas meses—, el contingente avanzó por la colonia Bella Vista hacia el centro de la ciudad. Para estas familias, el 24 de diciembre no representa una celebración, sino una fecha que intensifica el vacío dejado por la violencia y la impunidad, recordándoles que su lugar en la mesa permanecerá vacío una vez más.
Al llegar a la plaza principal, el colectivo realizó uno de los actos más conmovedores de la jornada: la instalación del “pino de la esperanza”. Este árbol, adornado con esferas que en lugar de colores llevaban las fotos de las víctimas, fue colocado estratégicamente junto al pino oficial del gobierno municipal. Este contraste visual buscó romper la “burbuja” de normalidad institucional, obligando a los transeúntes a reconocer que detrás de las luces navideñas existe una realidad de dolor que afecta a miles de hogares tamaulipecos. El acto incluyó un pase de lista donde cada nombre pronunciado fue seguido por un grito de justicia, transformando un espacio de ocio en un sitio de memoria viva.
Edith González, líder del colectivo, aprovechó la movilización para denunciar que Tamaulipas acumula más de 15,000 personas desaparecidas, una cifra que sigue creciendo debido al incremento de privaciones ilegales de la libertad en la región. La activista subrayó que las familias se han visto obligadas a convertirse en investigadoras y peritos ante la inacción de las instituciones. El llamado fue claro: se requiere una reestructuración total de la estrategia de seguridad que priorice la identificación forense y la búsqueda inmediata, pues las familias ya no están dispuestas a aceptar la indiferencia oficial como respuesta a sus tragedias personales.
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La marcha también sirvió como un fuerte recordatorio para la sociedad civil. Las consignas coreadas, como “no sea indiferente, se llevan a nuestros hijos delante de la gente”, buscaron interpelar a una ciudadanía que, por miedo o desidia, a menudo normaliza la violencia. El movimiento de las Madres Buscadoras se ha convertido en un pilar de resistencia civil en México, representando la fuerza de quienes, a pesar del riesgo constante, no detienen su labor ni siquiera en los días de mayor tradición familiar. Para ellas, la búsqueda es un acto de amor que no conoce vacaciones, y el pino de la esperanza es la promesa de que no descansarán hasta encontrarlos, convirtiendo el dolor en una exigencia política ineludible.


































