Tras la captura nocturna del mandatario Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, el presidente Donald Trump confirmó que el petróleo es una de sus principales motivaciones. El mandatario estadounidense busca que las corporaciones más grandes del mundo operen en el país sudamericano para rehabilitar un sistema que calificó como “un fracaso total”.
Según un reporte de Reuters publicado el pasado martes, la administración federal sostendrá reuniones esta semana con gigantes del sector energético. El objetivo es discutir el interés de las empresas en inyectar los 120 mil millones de dólares que se estiman necesarios para recuperar la producción y las exportaciones de crudo.
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No obstante, expertos de la industria en el Permian Basin de West Texas ven obstáculos significativos a corto plazo. Todd Staples, presidente de la Texas Oil and Gas Association, señaló que este plan requiere una “infusión masiva de capital” y que, dadas las circunstancias globales, el proceso de reconstrucción tardará años en concretarse.
Técnicamente, el petróleo del Orinoco Belt es pesado y difícil de extraer en comparación con el crudo ligero de Texas. Aunque este recurso podría beneficiar a refinerías en la Costa del Golfo como Valero Energy o Marathon Petroleum, la falta de oleoductos y de una capacidad de exportación estable complican actualmente la visión del gobierno federal.
Actualmente, el precio del barril ronda los 60 dólares debido a una sobreoferta global, lo que reduce el incentivo para nuevas perforaciones masivas. Mientras firmas como Chevron, con sede en Houston, mantienen silencio sobre inversiones futuras, el mercado observa con cautela cómo Venezuela intenta reinsertarse bajo control estadounidense en la economía mundial.