Este viernes 20 de febrero de 2026, la percepción pública en Canadá ha alcanzado un punto de inflexión histórico. Según un sondeo de Politico, la confianza en la relación bilateral se ha desplomado: el 57% de los canadienses afirma que no se puede depender de Estados Unidos en caso de una crisis. Además, el 67% de los encuestados opina que el gobierno estadounidense actual tiende a desafiar a sus socios en lugar de apoyarlos. El dato más impactante es que casi la mitad de la población canadiense (48%) identifica ahora a EE. UU. como la mayor amenaza para la paz mundial, superando significativamente al 29% que otorga ese puesto a Rusia.
Esta hostilidad no es solo teórica, sino que está impulsada por las recientes y agresivas disputas comerciales. En enero de 2026, el presidente Donald Trump amenazó con imponer un arancel del 100% a todas las importaciones provenientes de Canadá. El detonante fue la posibilidad de que el primer ministro Mark Carney permita que bienes chinos ingresen a Estados Unidos a través de puertos canadienses para evadir impuestos. Trump advirtió en sus redes sociales que no permitirá que Canadá se convierta en un “puerto de descarga” para China, afirmando que dicha relación terminaría por “devorar” la economía y el tejido social canadiense.
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La retórica de la administración Trump ha generado un fuerte rechazo en el electorado del norte. Mientras que en países europeos como Francia solo el 20% ve a EE. UU. como una amenaza global, la cercanía geográfica y la dependencia económica de Canadá han hecho que las amenazas de aranceles y la presión política se sientan como una vulneración a su soberanía. Por su parte, el primer ministro Carney ha mantenido una postura defensiva, subrayando que Canadá protegerá sus propios intereses comerciales y no cederá ante lo que muchos sectores en Ottawa califican como tácticas de intimidación económica.
Este deterioro en la opinión pública marca un desafío sin precedentes para la diplomacia de América del Norte. La frontera más larga del mundo, tradicionalmente un símbolo de paz y cooperación, enfrenta ahora un clima de desconfianza mutua que podría complicar la revisión del acuerdo comercial regional (T-MEC) prevista para este año. Con una mayoría de canadienses sintiéndose más amenazados por su vecino del sur que por potencias tradicionalmente hostiles, la estabilidad de la alianza más antigua de la región está bajo una presión extrema.
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