Este jueves 19 de febrero de 2026, el gobierno del Reino Unido comunicó oficialmente a la Casa Blanca su negativa para emplear bases militares británicas en un eventual ataque preventivo contra Irán. La decisión, basada en estrictos fundamentos legales y en el temor a violar el derecho internacional, ha generado una fisura diplomática sin precedentes entre Londres y Washington. El primer ministro Keir Starmer sostuvo que cualquier operación lanzada desde territorio británico debe ajustarse a la interpretación nacional de la legalidad de la fuerza, advirtiendo que el apoyo logístico a un ataque ilegal podría hacer al Reino Unido corresponsable ante tribunales internacionales.
La solicitud del presidente Donald Trump incluía el uso de dos puntos estratégicos: la base aérea de RAF Fairford, en Gloucestershire (donde se encuentran desplegados bombarderos estratégicos B-52), y la base de Diego García, en el Océano Índico. Trump, a través de sus redes sociales, calificó la negativa como un error y sugirió que el uso de estas bases es necesario para “erradicar la amenaza de un régimen inestable”. Además, el mandatario estadounidense vinculó esta falta de cooperación con el futuro de las Islas Chagos, retirando su apoyo al acuerdo de transferencia de soberanía valorado en 35,000 millones de libras que Londres había negociado recientemente.
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La disputa ha escalado al ámbito parlamentario británico, donde el Partido Conservador presiona al Ejecutivo para que reconsidere su postura, argumentando que el programa nuclear de Irán es una amenaza directa a la seguridad nacional. Sin embargo, el ministro de Defensa, John Healey, recordó que la legislación del Reino Unido solo permite el uso de la fuerza como respuesta a un ataque real o inminente. El gobierno laborista enfatiza que prestar apoyo para un ataque preventivo sin una base legal clara expondría al personal militar británico a cargos de crímenes de guerra, una línea roja que la actual administración no está dispuesta a cruzar.
Mientras la administración Trump planifica una movilización militar de niveles inéditos desde 2003, el destino del pacto sobre las Islas Chagos permanece en suspenso. La Casa Blanca ha dejado claro que, sin el acceso garantizado a Diego García para misiones contra Irán, la seguridad del Indo-Pacífico se ve comprometida, lo que detiene el proceso legislativo en Washington necesario para validar el acuerdo. Por ahora, Londres prioriza la adherencia al derecho internacional sobre la relación “especial” con su aliado más cercano, marcando un punto de inflexión en la política exterior de la era Starmer-Trump.
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