
Cuando el viceministro de Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, apareció el pasado domingo en el programa Meet the Press de NBC para declarar que las fuerzas armadas de la isla se están “preparando para la posibilidad de una agresión militar” de Estados Unidos, uno se pregunta inevitablemente: ¿preparando con qué, exactamente?
La declaración sigue el libreto de siempre. Cuba enfrenta una amenaza existencial, real, no imaginaria, y el régimen recurre a la única herramienta que ha dominado durante décadas: La propaganda revolucionaria.
Esta semana, incluso el trovador Silvio Rodríguez pidió que le dieran un fusil. Un poeta que nunca ha sufrido de carencias, que nunca se ha tenido que formar por horas con su carnet para recibir un kilo de arroz, recibió su arma. Y eso nos da una idea de la realidad sobre la capacidad militar de la isla.
Seamos directos. Las fuerzas armadas cubanas son una institución hueca. Décadas de colapso económico, dependencia soviética que se fue desvaneciendo y una corrupción institucional que ha vaciado cualquier capacidad defensiva genuina. Los soldados están mal alimentados, el equipamiento es chatarra de era soviética, y la moral militar refleja fielmente la desesperanza de una población que lleva años huyendo en balsas.
El único aparato que sí funciona en Cuba, con recursos reales y enfoque genuino es el de seguridad interna. La inteligencia del Estado no vigila el Estrecho de la Florida. Vigila a periodistas, activistas y disidentes. El verdadero enemigo, desde La Habana, siempre ha sido interno: el que se atreve a decir la verdad.
Y luego está la crisis energética, quizás el indicador más honesto del fracaso del régimen. Sin petróleo ruso, venezolano, ni mexicano y con las nuevas sanciones de Trump estrangulando nuevas líneas de suministro, los apagones afectan al sesenta por ciento de la isla en un día cualquiera. Hospitales a oscuras. Fábricas paralizadas. ¿cómo sostener un ejército con una red eléctrica que apenas mantiene encendido un foco?.
Fernández de Cossío dijo que Cuba quiere diálogo. Puede que sea la línea más honesta de toda la entrevista, porque la única estrategia de salida racional para los hombres que gobiernan Cuba es la que el círculo íntimo de Maduro no ejecutó a tiempo: agarrar su fortuna e irse antes de que a Trump se le ocurra jugar a conquistar otro país y los haga pagar por todos sus crímenes.
























