
El 30 de junio de 1961, Fidel Castro se paró frente a los intelectuales y artistas cubanos en la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana y les dejó una frase que definiría para siempre el manual de todo régimen que quiera controlar lo que su pueblo piensa: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada.” Ese día, Castro no solo estableció quién mandaba en Cuba. Estableció quién era dueño de la narrativa.
Si bien Venezuela o México llevan al pie de la letra las instrucciones tiranas, jamás hubiéramos imaginado que sesenta y cuatro años después, del otro lado del Estrecho de la Florida, en Estados Unidos, otro hombre con ambiciones similares, aunque con su Truth Social en la mano, estaría haciendo exactamente lo mismo.
Sin decretos. Sin Biblioteca Nacional. Sin siquiera tomarse la molestia de regular formalmente los medios.
Donald Trump no necesita censurar a la prensa. Le basta con darle una historia.
Y la prensa, como siempre, publica todas sus ocurrencias.
El problema es que prácticamente muy poca veces se pueden comprobar.
El ejemplo más reciente y más ilustrativo fue el famoso “deadline” a Irán. Trump anunció con los cojones de un general romano, que si Irán no acataba sus reglas, enfrentaría una destrucción sin precedentes. Los medios de todo el mundo lo repitieron. Los analistas lo analizaron. Los titulares ardieron durante días. El mundo conteniendo la respiración.
Pues según la narrativa oficial, Irán está al borde del colapso, pero algo que no entendemos los ilusos, es como un país al borde del colapso tiene bajo su control el Estrecho de Ormuz. Y por ende, tiene en sus manos, las crisis económicas en países del mundo por la escasez de combustibles.
La realidad, según reportes llegados directamente desde el Medio Oriente, fue bastante menos cinematográfica. No hubo infierno en Irán. El Estrecho de Ormuz sigue cerrado para el tráfico general, porque hasta hoy, solo pasan por ahí quienes tienen autorización iraní, exactamente igual que el día anterior al supuesto ultimátum. Y el gran acuerdo de dos semanas de tregua que Trump presentó como victoria propia, como de costumbre.
Castro lo entendió en 1961: quien controla la narrativa, controla la realidad. No hace falta prohibir periódicos si logras que todos los periódicos cuenten tu historia. No hace falta cerrar televisoras si consigues que todas las televisoras transmitan tu drama.
Trump lo entendió también, a su manera. Su revolución no se declara en una biblioteca. Se anuncia en mayúsculas desde un teléfono. Y el resultado es el mismo: “Dentro de la guerra de Trump, todo. Contra la guerra de Trump, nada”.
La diferencia es que Castro al menos era consistente.
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