
Las dos primeras ediciones del movimiento “No Kings” llegaron con fuerza. La primera sin duda fue una sorpresa nacional, miles y miles de personas en muchas ciudades en todo el país incluso fuera, con gente saliendo a las calles para decirle a Donald Trump que Estados Unidos no necesita un Rey. La segunda repitió la energía, con poco menos gente pero lo suficiente para ver calles y plazas llenas con pancartas creativas y con la sensación de que el mensaje llegara lo más alto de la cúpula política.
Hoy llegó la tercera edición y volví a estar ahí, esta vez, en el Auditorio Shores, y lo que vi me dejó pensando más de lo que esperaba. Primeramente la asistencia bajó notablemente. Si bien pasaron del millar, pero la diferencia con las primeras dos marchas era evidente. Y lo que más me llamó la atención no fue el número total, sino quiénes estaban y quiénes no.
La comunidad latina, francamente, brilló por su ausencia. Me atrevería a decir que fue casi nula. Los que sí estaban eran en su mayoría personas blancas, muchos de la tercera edad, con pancartas cargadas de insultos directos a Trump. Gente con valor para salir, sin duda. Pero un movimiento que quiera cambiar algo en este país no puede darse el lujo de ser monocromático.
¿Dónde estaban los latinos? Protestando a control remoto quizá, desde la comodidad de sus redes sociales. Y miren, entiendo que un buen post puede llegar lejos. Pero también entiendo que salir a la calle tiene un peso que ningún algoritmo puede reemplazar.
Claro, alguien dirá que el miedo al ICE es real. Y tiene razón, es completamente real. Pero entonces dejemos de pensar que con la salida de Kristi Noem del Departamento de Seguridad Nacional nuestra gente se sintió más segura.
En la edición anterior, aquí en Austin la policía antimotines tuvo que correr a muchos de los asistentes, la mayoría Latinos, que no se querían retirar de las zonas adyacentes al Capitolio, y terminó con disturbios y arrestos, muchos de ellos totalmente justificados.
Esta vez no, para las 4 de la tarde ya se había ido la mayoría de los asistentes, solo quedaron unas carpas, vendimia, no hubo cercos policiacos, ni hubo ningún tipo de represión a los asistentes afortunadamente.
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Y aquí está el problema de fondo: cuando la indignación se vuelve rutina, la gente deja de salir. ¿será que nos estamos acostumbrando a aceptar las malas decisiones desde la cabeza o peor aún, quizá ahora muchos creen que protestar no sirve para nada.
Al parecer al movimiento “No Kings” se le está acabando la gasolina a la mitad del camino.
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