La iniciativa impulsada por el presidente Donald Trump para que el Congreso de los Estados Unidos apruebe de manera definitiva la eliminación del cambio bianual de horario ha encallado en el Senado, desvaneciendo las expectativas inmediatas de poner fin a la arraigada práctica de ajustar las manecillas del reloj cada primavera y otoño. Aunque existe un consenso mayoritario generalizado entre la clase política y los ciudadanos respecto a la conveniencia de terminar con las transiciones horarias, la profunda discrepancia sobre si el país debe adoptar de forma perpetua el horario de verano (Daylight Saving Time) o el horario estándar (Standard Time) mantiene paralizada la agenda legislativa en el Capitolio.
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La denominada Ley de Protección del Sol (Sunshine Protection Act), que busca fijar el horario de verano como el estándar nacional permanente, fue aprobada cómodamente por la Cámara de Representantes en julio pasado con una votación bipartidista de 308 votos a favor frente a 117 en contra; no obstante, su tránsito por la Cámara Alta se encuentra completamente bloqueado al carecer de los 60 votos necesarios para eludir el procedimiento del filibusterismo parlamentario. Legisladores de estados septentrionales e interiores, encabezados por el senador republicano por Arkansas Tom Cotton, han manifestado un rechazo categórico a la propuesta, argumentando que el horario de verano perpetuo provocaría amaneceres después de las nueve de la mañana en pleno invierno, lo que obligaría a millones de estudiantes y trabajadores a desplazarse en completa oscuridad matutina, recordando el fallido experimento nacional de 1974 cuando una medida idéntica fue derogada a los pocos meses debido a la indignación social por la falta de luz en las mañanas escolares.
En la vereda opuesta, figuras como el senador demócrata por Arizona Mark Kelly han insistido en que la única alternativa viable y respaldada por la ciencia médica es fijar de forma permanente el horario estándar, tal como lo ha hecho Arizona desde 1968 y Hawái en la actualidad. Organismos científicos como la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño (AASM) han respaldado esta última postura, advirtiendo que el horario estándar se alinea de manera natural con los ritmos circadianos humanos y la exposición a la luz solar, mientras que el horario de verano permanente provocaría privación crónica de sueño, desajustes metabólicos y un incremento en riesgos cardiovasculares. A pesar de estas advertencias clínicas, el mandatario estadounidense ha intensificado su presión pública sobre los legisladores reticentes e incluso divulgó el número telefónico del senador Cotton para promover llamadas ciudadanas, respaldándose además en cartas de sectores comerciales y deportivos, como el comisionado de la PGA Tour, que aseguran que tardes más iluminadas detonarían una derrama económica considerable en actividades recreativas al aire libre.
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