La estructura de poder que sostuvo a Nicolás Maduro durante más de una década enfrenta hoy su mayor crisis de confianza. Desde un paradero desconocido, su hijo y diputado, Nicolás Maduro Guerra, difundió un mensaje de audio que ha sacudido las bases del oficialismo. Sus palabras no solo fueron un llamado a la movilización, sino una advertencia directa hacia el interior del régimen: “La historia dirá quiénes fueron los traidores”.
El mensaje de “Nicolasito” llega en un momento de vulnerabilidad extrema para el movimiento. Mientras él insta a los simpatizantes a “enarbolar la bandera de la dignidad” y no mostrar debilidad, el círculo íntimo del poder parece estarse resquebrajando ante la presión de Washington y la incertidumbre sobre quién facilitó la extracción del exmandatario.
Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han pasado sus primeras horas en territorio estadounidense recluidos en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, una prisión de alta seguridad. Para este lunes 5 de enero, está programada su comparecencia ante el juez Alvin K. Hellerstein en un tribunal federal de Manhattan.
Los cargos que enfrentan son de una gravedad sin precedentes para un exjefe de Estado en EE. UU.:
- Conspiración de narcoterrorismo.
- Importación de toneladas de cocaína.
- Posesión de armas de uso militar y dispositivos destructivos.
La fiscal general Pamela Bondi ha enfatizado que la operación fue quirúrgica y se ajustó estrictamente a la ley estadounidense, marcando el fin de una investigación que se remonta a 2020.
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Mientras “Nicolasito” habla de traiciones, la gestión del país ha recaído en Delcy Rodríguez. Sin embargo, su margen de maniobra es mínimo. El presidente Donald Trump ha enviado un ultimátum claro a través de una entrevista con The Atlantic: si Rodríguez no colabora activamente en la transición y la estabilidad del país, enfrentará consecuencias que podrían superar a las de su predecesor.
Trump ha definido a Rodríguez como una “interlocutora válida” por el momento, pero bajo una condición innegociable: cumplir con las exigencias de Washington. Este escenario coloca a la nueva jefa de Estado interina en una posición precaria, atrapada entre las amenazas de “Nicolasito” sobre los “traidores” y la presión externa de la Casa Blanca.


































