El enigma que rodeó durante casi cuarenta años al fugitivo John Anthony Quinn llegó finalmente a su fin cuando el Buró Federal de Investigaciones confirmó su identidad tras su fallecimiento en un hospital del estado de Carolina del Norte. El individuo, que era intensamente buscado por su participación directa en el robo de un millón trescientos mil dólares a una empresa de transporte de valores en el año 1988, logró eludir a las autoridades de Florida durante más de la mitad de su vida. Las investigaciones comprobaron que el prófugo, que murió a la edad de ochenta y cinco años, logró mantenerse al margen de la sociedad ocultándose bajo al menos cinco identidades falsas diferentes a lo largo de las últimas décadas.
El histórico atraco ocurrió el nueve de abril de 1988 en la ciudad de Riviera Beach, cuando Quinn se desempeñaba como gerente de la sucursal y aprovechó su acceso privilegiado a la bóveda principal. Según los registros policiales de la época, el sujeto trasladó grandes sumas de dinero en efectivo hacia el maletero de un vehículo corporativo, para luego transferir el botín a varias maletas y desaparecer sin dejar rastro alguno desde el aeropuerto local. Su esposa fue quien alertó a las autoridades tras notar su prolongada ausencia, encontrando abandonados ciento siete mil dólares en su automóvil junto a una nota manuscrita donde el ahora fallecido admitía haber cometido un acto muy grave.
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A pesar de que el caso adquirió enorme relevancia nacional y fue presentado en múltiples programas de televisión, ni la intensa presión mediática ni los esfuerzos de las fuerzas del orden lograron dar con su paradero en vida. El fugitivo tejió una compleja red de engaños utilizando diversas fechas de nacimiento y nombres, siendo conocido en su última etapa bajo el alias de Jim Klein. La resolución de este prolongado misterio solo fue posible gracias a la intervención de la unidad del laboratorio federal, que logró comparar y confirmar la correspondencia exacta de sus huellas dactilares post mortem con los registros archivados del robo original.
Al momento de su deceso, el individuo enfrentaba graves cargos federales por fuga ilegal y acusaciones estatales por hurto mayor en primer grado, habiendo sido clasificado como uno de los criminales más buscados de finales del siglo veinte. Hasta la fecha, las autoridades policiales no cuentan con registros que indiquen que el millón trescientos mil dólares sustraído haya sido recuperado, ni se conocen detalles precisos sobre si mantuvo contacto con familiares durante su largo periodo en el anonimato. El cierre definitivo de este antiguo expediente fue posible gracias a los avances en la tecnología forense y al cruce de bases de datos en colaboración con las agencias estatales.
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