Tras el histórico discurso del Estado de la Unión, el secretario de Estado, Marco Rubio, partió hacia San Cristóbal y Nieves para asistir a la cumbre de la Comunidad del Caribe (CARICOM). El viaje ocurre en un momento de reconfiguración geopolítica absoluta: con la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero y su posterior traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo, Washington busca restaurar su predominio en el hemisferio occidental bajo lo que muchos analistas llaman una versión moderna de la Doctrina Monroe.
La recepción entre los líderes caribeños es mixta. Mientras países como Trinidad y Tobago, liderados por Kamla Persad-Bissessar, han agradecido públicamente el apoyo militar estadounidense contra el narcotráfico, otros mandatarios expresan inquietud. Terrance Drew, primer ministro de San Cristóbal y Nieves, advirtió que el orden global está cambiando y que las reglas tradicionales han sido alteradas por las tácticas agresivas de la administración Trump, que incluyen presiones para rechazar misiones médicas cubanas y enfriar lazos con China.
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El tema de Cuba será central en las conversaciones. Tras el paso del huracán Melissa y el bloqueo energético reforzado por EE. UU., la situación humanitaria en la isla es crítica. Líderes como Andrew Holness de Jamaica han advertido que una crisis prolongada en Cuba desestabilizaría la migración y la seguridad de toda la cuenca. Rubio, por su parte, tiene la misión de convencer al bloque de que la “victoria colosal” en Venezuela es solo el inicio de un “nuevo amanecer” que traerá estabilidad económica si se alinean con los intereses de seguridad nacional de Washington.
Finalmente, la cumbre abordará la intensificación del patrullaje marítimo. Desde septiembre, EE. UU. ha abatido a más de 150 personas en operaciones interceptoras contra el narcotráfico en el Caribe, una táctica de fuerza letal que ha generado debates sobre los derechos humanos y el debido proceso. Rubio busca transformar estas inquietudes en una agenda de cooperación técnica, inteligencia y crecimiento económico, asegurando que el Caribe siga siendo, en palabras de la Casa Blanca, la “tercera frontera” bajo la protección directa de los Estados Unidos.
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